CORTA HISTORIA DE UNA AUSENCIA

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Le escribió y, para que disfrazar lo ocultado, también le habló. Discutía con ella a pesar de que ya no estaba, bueno, al menos no de cuerpo presente junto a él, ni en sus espacios ni en sus instantes. Le escribía y, para que galardonarse con un desgastado sentido de ‘estar por encima’, le odiaba. La maldecía con gusto, justo encono, por vaciar sus espacios y multiplicar los instantes. Los vacíos, los cargantes. Hasta que un día creyó ver su risa pasear por la estela melosa de otro, de un ‘ese’, otro amante. Entonces descubrió que no había estado más que escribiendo, hablando y maldiciendo a su propia ausencia.

– Vaya, lo siento -se dijo- eras tú soledad, tan vacía de mí…

Y, aunque de su mano, en ese espacio, en ese instante, se manifestó a la vida.

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CORTA HISTORIA DE UNA INCERTIDUMBRE

Decían que las decisiones debían ser tomadas, que la perplejidad tenía que ser momentánea y que, al fin, decidir no podía ser la peor de las decisiones. Y se desnudaron ante la verdad:
– ¿A suertes?
– Venga, a suertes.
Y por una especie de pueril intuición, un sentimiento huérfano, una ilusión desmañada, ella tomó un papelito, dibujó dos caras, lo redondeó con unas tijeras y exclamó:
– Así el azar tendrá más tiempo para pensárselo.
El aire manejó la moneda de papel a su antojo y, de los cinco minutos que estaba durando la incertidumbre inicial, cinco segundos utilizó el azar en posicionarse.
Pero fueron suficientes para que una chispa de sensatez alcanzara a mostrarle que si apuestas lúdicamente tu libertad, el azar también desaparece. Porque éste existe cuando avanzamos tomando decisiones, no cuando impasibles e indefinidos esperamos que el destino nos sea dado.
Y todos sabemos que el resultado no es importante, que entre cara y cruz hay apenas no más que un canto, pero en aquella ocasión salió cara y cenaron una ensalada.