CORTA HISTORIA DE UNA AUSENCIA

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Le escribió y, para que disfrazar lo ocultado, también le habló. Discutía con ella a pesar de que ya no estaba, bueno, al menos no de cuerpo presente junto a él, ni en sus espacios ni en sus instantes. Le escribía y, para que galardonarse con un desgastado sentido de ‘estar por encima’, le odiaba. La maldecía con gusto, justo encono, por vaciar sus espacios y multiplicar los instantes. Los vacíos, los cargantes. Hasta que un día creyó ver su risa pasear por la estela melosa de otro, de un ‘ese’, otro amante. Entonces descubrió que no había estado más que escribiendo, hablando y maldiciendo a su propia ausencia.

– Vaya, lo siento -se dijo- eras tú soledad, tan vacía de mí…

Y, aunque de su mano, en ese espacio, en ese instante, se manifestó a la vida.

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