“Doy la bienvenida, parecía decir el mundo, acepto, creo. Belleza, parecía decir el mundo. Y como si fuera una demostración (científica) de ello, fuera lo que fuese lo que mirara, las casas, las barandas, los antílopes que tendían el cuello sobre la empalizada, allí surgía inmediatamente la belleza. Contemplar el estremecimiento de una hoja al paso del viento era una exquisita delicia. En lo alto, en el cielo, las golondrinas trazaban curvas líneas, efectuaban giros, se lanzaban de un lado para otro, giraban y giraban, pero jamás perdían el perfecto dominio de su vuelo, como si elásticos hilos las sostuvieran; y las moscas subían y bajaban; y el sol manchaba ora esta hoja, ora aquélla, burlón, desumbrando con su suave oro, en pura benevolencia; y, una y otra vez, un penetrante sonido (bien podía ser la bocina de un automóvil), resonando divinamente en las briznas de hierba; y todo esto, pese a ser tranquilo y razonable, pese a estar constituido por realidades ordinarias, era ahora la verdad; la belleza, esto era la verdad ahora. La belleza estaba en todas partes.” Virginia Woolf, La señora Dalloway (1925)
LA VERDAD
27 nov
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